Un Día en la Ciudad
Matías se levantó relativamente contento, lo que solía ocurrirle habitualmente.
Duchado y afeitado, se puso el saco silbando por lo bajo.
Pensando en el boleto del colectivo comenzó a buscar monedas en sus bolsillos. Escarbando hasta en las camperas logró reunir los dos pesos con cincuenta imprescindibles para llegar a su trabajo.
Mientras se dirigía a la parada del colectivo, se dio cuenta de que no tenía cigarrillos y se detuvo en el quisco más próximo. Pidió su marca favorita con cinco pesos en la mano pero la dueña del negocio, gorda y malhumorada -evidentemente había estado viendo el noticiero- le anunció de entrada: -cigarrillos sólo con cambio-
-Pero si casi no hay vuelto-, se defendió Matías, resuelto a no perder su buen humor
-Sin monedas no hay cigarrillos, no insista- La señora se volvió dando por terminada la conversación.
Matías guardó la plata en el bolsillo y salió cabizbajo del pequeño negocio. Ya no silbaba.
Subió al colectivo, lleno a esa hora y fue poniendo de una en una las monedas: una de 0,25 y el resto de 0,10 centavos; una pasó de largo y rodó entre los pies de los pasajeros. Sonamos, pensó Matías, ahora tengo que pedir 0,10 centavos a mis compañeros de laburo. Hurgó en sus bolsillos y sacó una de las monedas reservadas para la vuelta.
Cuando se acercaban a la parte céntrica de la ciudad una manifestación de unas cincuenta personas les cerró el paso. El colectivero, con una peligrosa maniobra y a una velocidad imprudente, dobló una cuadra antes del atascamiento. Los pasajeros no protestaron porque querían llegar de una vez pero no les fue mejor con la calle alternativa. La calzada había quedado reducida a menos de la mitad por “bacheo y pavimentación” como rezaba el cartel que Matías tuvo sobrado tiempo de releer mientras aguardaba que el colectivo, a paso de tortuga, sorteara el embudo generado por las obras.
Llegó tarde a trabajar y sabía que sus explicaciones no sonaron muy convincentes aunque fueran ciertas.
El resto del día le resultó interminable y tuvo uno que otro encontronazo con su superior inmediato.
A las seis en punto salió de su trabajo y, como para sazonar su malhumor, llovía.
-Por ahí una me sale bien en el día de hoy, se dijo cuando vio su colectivo parado en un semáforo. Golpeó la puerta cerrada, primero con moderación pero luego, al notar la mirada desdeñosa del chofer, la emprendió a golpes de puño y patadas contra la carrocería del vehículo. Con las manos lastimadas y lágrimas de frustración corriéndole por la cara, subió a la vereda cuando la luz cambió, justo a tiempo como para no ser embestido por el tránsito en estampida. Ahí se dio cuenta de que se había olvidado de pedir a sus compañeros los $0,10 centavos que le faltaban. relativamente contento, lo que solía ocurrirle habitualmente.
Duchado y afeitado, se puso el saco silbando por lo bajo.
Pensando en el boleto del colectivo comenzó a buscar monedas en sus bolsillos. Escarbando hasta en las camperas logró reunir los dos pesos con cincuenta imprescindibles para llegar a su trabajo.
Mientras se dirigía a la parada del colectivo, se dio cuenta de que no tenía cigarrillos y se detuvo en el quisco más próximo. Pidió su marca favorita con cinco pesos en la mano pero la dueña del negocio, gorda y malhumorada -evidentemente había estado viendo el noticiero- le anunció de entrada: -cigarrillos sólo con cambio-
-Pero si casi no hay vuelto-, se defendió Matías, resuelto a no perder su buen humor
-Sin monedas no hay cigarrillos, no insista- La señora se volvió dando por terminada la conversación.
Matías guardó la plata en el bolsillo y salió cabizbajo del pequeño negocio. Ya no silbaba.
Subió al colectivo, lleno a esa hora y fue poniendo de una en una las monedas: una de 0,25 y el resto de 0,10 centavos; una pasó de largo y rodó entre los pies de los pasajeros. Sonamos, pensó Matías, ahora tengo que pedir 0,10 centavos a mis compañeros de laburo. Hurgó en sus bolsillos y sacó una de las monedas reservadas para la vuelta.
Cuando se acercaban a la parte céntrica de la ciudad una manifestación de unas cincuenta personas les cerró el paso. El colectivero, con una peligrosa maniobra y a una velocidad imprudente, dobló una cuadra antes del atascamiento. Los pasajeros no protestaron porque querían llegar de una vez pero no les fue mejor con la calle alternativa. La calzada había quedado reducida a menos de la mitad por “bacheo y pavimentación” como rezaba el cartel que Matías tuvo sobrado tiempo de releer mientras aguardaba que el colectivo, a paso de tortuga, sorteara el embudo generado por las obras.
Llegó tarde a trabajar y sabía que sus explicaciones no sonaron muy convincentes aunque fueran ciertas.
El resto del día le resultó interminable y tuvo uno que otro encontronazo con su superior inmediato.
A las seis en punto salió de su trabajo y, como para sazonar su malhumor, llovía.
-Por ahí una me sale bien en el día de hoy, se dijo cuando vio su colectivo parado en un semáforo. Golpeó la puerta cerrada, primero con moderación pero luego, al notar la mirada desdeñosa del chofer, la emprendió a golpes de puño y patadas contra la carrocería del vehículo. Con las manos lastimadas y lágrimas de frustración corriéndole por la cara, subió a la vereda cuando la luz cambió, justo a tiempo como para no ser embestido por el tránsito en estampida. Ahí se dio cuenta de que se había olvidado de pedir a sus compañeros los $0,10 centavos que le faltaban.
miércoles, 18 de febrero de 2009
lunes, 26 de enero de 2009
Cacería Nocturna
Cacería Nocturna
Como no podía ser de otra manera, a la cabeza, iba el “picapollo”. Se trataba del mejor cazador de la zona y lo sabía.
Bajó de su ruinosa camioneta con la escopeta al hombro y, prácticamente sin mirar a nadie, comenzó a caminar hacía el campo esperando que lo siguiéramos. Nosotros, desde el auto de la tía Mary, dudamos un momento pero antes de que se nos perdiera de vista nos incorporamos a la marcha.
No se de quién fue la idea de salir a cazar esa noche pero de un modo u otro, todos participamos con entusiasmo.
Aquél verano fue uno de los últimos que pasamos casi todos en la casa de la abuela. Los menores ya estábamos entrando en la adolescencia y la diáspora se avecinaba.
Se que comí vizcacha unas cuantas veces antes de que la pena por el bicho me impidiera disfrutarlo pero sólo recuerdo una, en casa de la tía Ada, en la cual el pobre animal había quedado tan sepultado en hierbas aromáticas que en realidad sabía más a vegetal que a otra cosa; así es que cuando se planteó la idea de salir a cazar vizcachas, me sumé más que nada para disfrutar de un paseo por el campo en medio de la noche y porque, sin habernos puesto de acuerdo, mi papá y yo planeábamos alguna acción a favor de la pobre víctima.
Por ese entonces el campo era poco menos que un desierto en San Luis, con algunos arbustos espinosos aquí o allá –los llamábamos espinillos-, pastos duros y los “cardo-rusos” plantas, supongo que epífitas, de un verde seco que rodaban de un lado a otro en medio de la polvareda casi permanente.
Mi primo Roberto, armado con la enorme linterna de la abuela, se apresuró a ajustar su paso al del “picapollo” y encabezar así la marcha. Un poco más atrás íbamos papá y yo y, sin darnos vuelta, sabíamos que a nuestras espaldas avanzaban tía María y tío Héctor, por las exclamaciones de ella cada vez que el viento ondulaba los pastos ralos -¡Podemos pisar una víbora!- susurraba casi a gritos.
Oponiéndose a las previsiones del “picapollo”, la luna iluminó generosamente la escena, lo cual no la hacía más clara, como ya se sabe, sino que daba al paisaje un aspecto fantasmagórico e incierto; los espinillos parecían siluetas bordadas sobre el suelo blanqueado, lunar y desnudo. El ruido de nuestros pasos inseguros ahogaba cualquier otro sonido o quizá no lo había.
La tía Ada, que vivía con la abuela en el pueblo, se negó a bajar del auto.
-Me gusta el aire fresco de la noche pero por nada del mundo me meto en ese “tierral”- nos dijo a modo de despedida y allá quedó.
La marcha continuó por varios minutos; cada tanto se prendía la linterna pero la volvían a apagar rápidamente y sólo nos quedaba el ruido de los pasos de los cazadores para orientarnos. De repente, la linterna permaneció encendida en un punto fijo. Papá y yo nos miramos, había llegado el momento de actuar y cuando ya tenía la boca abierta para preguntarle al “pica”, a los gritos, claro, por qué se detenían, un alarido espeluznante nos dejó helados. Nos dimos vuelta y pudimos distinguir perfectamente el vestido claro de la tía Mary que había adoptado una forma extraña, como si un fuerte viento estuviera tratando de sacárselo, aunque no sentíamos ni la más leve brisa.
Nos volvimos, tropezando de preocupación porque la tía seguía gritando y el tío daba vueltas a su alrededor sin saber qué hacer.
- María, ¿qué pasó?
- Esta tonta no vio el espinillo hasta que estuvo arriba de él y ahora no puede salir sin lastimarse más con las espinas -explicó el tío Héctor.
Papá hizo valer su autoridad de hermano mayor y, suavemente pero con firmeza, tomándola de las manos, la fue sacando a pesar de sus gritos y de la sangre que teñía su bonito vestido.
Los pasos del “Picapollo” resonaron a mis espaldas, pasó a nuestro lado sin mirarnos y, con la escopeta al hombro, continuó andando. Parecía furioso. Roberto lo siguió al trote con la linterna apagada y no tardaron en perderse en la oscuridad.
La bocina del auto, que había empezado a sonar en cuanto comenzaron los gritos, nos demostró cuan asustada estaba la tía Ada; confiamos en que la llegada de Roberto al auto la tranquilizaría y, mientras María ponía un brazo en cada hombro de los varones y comenzaba a caminar con dificultad, la bocina dejó de sonar.
El camino parecía fácil pero no tardamos en darnos cuenta de que no sabíamos hacía donde íbamos. Sin el sonido de la bocina no teníamos nada que nos orientara. El paisaje aparecía uniforme a la luz de la luna: espinillos, pastos duros y tierra seca hacía donde miráramos. Por suerte la cosa no duró. La bocina empezó de nuevo, para nuestro alivio más cerca y, además, el inconfundible sonido de un motor que se detenía y otra vez el silencio. El auto se fue y el dedo de la tía volvió a darle al botón. Para cuando llegamos al camino los autos eran cuatro y, como si esto fuera poco, se oía a lo lejos la sirena de la policía.
Ocurrió que el primo Roberto, para demostrar su solidaridad de varón con el cazador frustrado por la estupidez de las mujeres, subió a la camioneta del “Pica” y con él se fue a la casa de la abuela sin decirle una palabra a la tía Ada, la cual, como los gritos seguían comenzó a parar a los automovilistas para transmitir la alarma. La policía llegó preguntando cual era el herido de bala.
En fin, las vizcachas no comieron en paz esa noche, pero por lo menos no tuvieron que lamentar ninguna baja.
Como no podía ser de otra manera, a la cabeza, iba el “picapollo”. Se trataba del mejor cazador de la zona y lo sabía.
Bajó de su ruinosa camioneta con la escopeta al hombro y, prácticamente sin mirar a nadie, comenzó a caminar hacía el campo esperando que lo siguiéramos. Nosotros, desde el auto de la tía Mary, dudamos un momento pero antes de que se nos perdiera de vista nos incorporamos a la marcha.
No se de quién fue la idea de salir a cazar esa noche pero de un modo u otro, todos participamos con entusiasmo.
Aquél verano fue uno de los últimos que pasamos casi todos en la casa de la abuela. Los menores ya estábamos entrando en la adolescencia y la diáspora se avecinaba.
Se que comí vizcacha unas cuantas veces antes de que la pena por el bicho me impidiera disfrutarlo pero sólo recuerdo una, en casa de la tía Ada, en la cual el pobre animal había quedado tan sepultado en hierbas aromáticas que en realidad sabía más a vegetal que a otra cosa; así es que cuando se planteó la idea de salir a cazar vizcachas, me sumé más que nada para disfrutar de un paseo por el campo en medio de la noche y porque, sin habernos puesto de acuerdo, mi papá y yo planeábamos alguna acción a favor de la pobre víctima.
Por ese entonces el campo era poco menos que un desierto en San Luis, con algunos arbustos espinosos aquí o allá –los llamábamos espinillos-, pastos duros y los “cardo-rusos” plantas, supongo que epífitas, de un verde seco que rodaban de un lado a otro en medio de la polvareda casi permanente.
Mi primo Roberto, armado con la enorme linterna de la abuela, se apresuró a ajustar su paso al del “picapollo” y encabezar así la marcha. Un poco más atrás íbamos papá y yo y, sin darnos vuelta, sabíamos que a nuestras espaldas avanzaban tía María y tío Héctor, por las exclamaciones de ella cada vez que el viento ondulaba los pastos ralos -¡Podemos pisar una víbora!- susurraba casi a gritos.
Oponiéndose a las previsiones del “picapollo”, la luna iluminó generosamente la escena, lo cual no la hacía más clara, como ya se sabe, sino que daba al paisaje un aspecto fantasmagórico e incierto; los espinillos parecían siluetas bordadas sobre el suelo blanqueado, lunar y desnudo. El ruido de nuestros pasos inseguros ahogaba cualquier otro sonido o quizá no lo había.
La tía Ada, que vivía con la abuela en el pueblo, se negó a bajar del auto.
-Me gusta el aire fresco de la noche pero por nada del mundo me meto en ese “tierral”- nos dijo a modo de despedida y allá quedó.
La marcha continuó por varios minutos; cada tanto se prendía la linterna pero la volvían a apagar rápidamente y sólo nos quedaba el ruido de los pasos de los cazadores para orientarnos. De repente, la linterna permaneció encendida en un punto fijo. Papá y yo nos miramos, había llegado el momento de actuar y cuando ya tenía la boca abierta para preguntarle al “pica”, a los gritos, claro, por qué se detenían, un alarido espeluznante nos dejó helados. Nos dimos vuelta y pudimos distinguir perfectamente el vestido claro de la tía Mary que había adoptado una forma extraña, como si un fuerte viento estuviera tratando de sacárselo, aunque no sentíamos ni la más leve brisa.
Nos volvimos, tropezando de preocupación porque la tía seguía gritando y el tío daba vueltas a su alrededor sin saber qué hacer.
- María, ¿qué pasó?
- Esta tonta no vio el espinillo hasta que estuvo arriba de él y ahora no puede salir sin lastimarse más con las espinas -explicó el tío Héctor.
Papá hizo valer su autoridad de hermano mayor y, suavemente pero con firmeza, tomándola de las manos, la fue sacando a pesar de sus gritos y de la sangre que teñía su bonito vestido.
Los pasos del “Picapollo” resonaron a mis espaldas, pasó a nuestro lado sin mirarnos y, con la escopeta al hombro, continuó andando. Parecía furioso. Roberto lo siguió al trote con la linterna apagada y no tardaron en perderse en la oscuridad.
La bocina del auto, que había empezado a sonar en cuanto comenzaron los gritos, nos demostró cuan asustada estaba la tía Ada; confiamos en que la llegada de Roberto al auto la tranquilizaría y, mientras María ponía un brazo en cada hombro de los varones y comenzaba a caminar con dificultad, la bocina dejó de sonar.
El camino parecía fácil pero no tardamos en darnos cuenta de que no sabíamos hacía donde íbamos. Sin el sonido de la bocina no teníamos nada que nos orientara. El paisaje aparecía uniforme a la luz de la luna: espinillos, pastos duros y tierra seca hacía donde miráramos. Por suerte la cosa no duró. La bocina empezó de nuevo, para nuestro alivio más cerca y, además, el inconfundible sonido de un motor que se detenía y otra vez el silencio. El auto se fue y el dedo de la tía volvió a darle al botón. Para cuando llegamos al camino los autos eran cuatro y, como si esto fuera poco, se oía a lo lejos la sirena de la policía.
Ocurrió que el primo Roberto, para demostrar su solidaridad de varón con el cazador frustrado por la estupidez de las mujeres, subió a la camioneta del “Pica” y con él se fue a la casa de la abuela sin decirle una palabra a la tía Ada, la cual, como los gritos seguían comenzó a parar a los automovilistas para transmitir la alarma. La policía llegó preguntando cual era el herido de bala.
En fin, las vizcachas no comieron en paz esa noche, pero por lo menos no tuvieron que lamentar ninguna baja.
miércoles, 7 de noviembre de 2007
JUSTICIA
Justificó su acto en el consenso. Todos sabían que no había otra solución. Los niños en esa zona eran negros, sucios y más que feos, peligrosos.
El pequeño muerto yacía en la vereda, cara al piso, permitiendo ver la miseria de su vestimenta lamentable. Las zapatillas eran de una marca conocida pero estaban sucias y rotas. Carecía del abrigo adecuado para el invierno tan crudo que se nos vino encima y sus manitas estaban aún amoratadas por el frío.
El asesino tenía el arma en la mano y contaba, con aire triunfal, su hazaña a los vecinos.
-El mocoso se me vino encima, con un cuchillo en la mano. Entró y me pidió dos pesos ¡dos pesos¡ ¿qué le parece? Y me miraba como si yo tuviera la obligación de dárselos. Le dije que no, que se mandara a mudar y ahí nomás sacó el cuchillo. Yo siempre tengo el arma a mano, por las dudas ¿vio? Y disparé nomás, con estos no hay otra solución.
Los vecinos miraban con fascinación y horror el minúsculo atado de trapos que sangraba en la vereda y ni siquiera la sirena de la policía los apartó. Continuaron allí mucho después que la ambulancia se llevara el cadáver, escuchando con gravedad la historia contada una y otra vez por el verdulero que en ningún momento abandonó el arma. La pasaba de mano en mano mientras hablaba sin parar.
Nadie sabía el nombre del niño aunque muchos decían haberlo visto por el barrio, tampoco hubo el menor gesto de piedad. Cada uno de los oyentes del verdulero se preparó para una situación semejante y comenzaron a limpiar mentalmente sus armas.
27/8/07
Ana Neirotti
El pequeño muerto yacía en la vereda, cara al piso, permitiendo ver la miseria de su vestimenta lamentable. Las zapatillas eran de una marca conocida pero estaban sucias y rotas. Carecía del abrigo adecuado para el invierno tan crudo que se nos vino encima y sus manitas estaban aún amoratadas por el frío.
El asesino tenía el arma en la mano y contaba, con aire triunfal, su hazaña a los vecinos.
-El mocoso se me vino encima, con un cuchillo en la mano. Entró y me pidió dos pesos ¡dos pesos¡ ¿qué le parece? Y me miraba como si yo tuviera la obligación de dárselos. Le dije que no, que se mandara a mudar y ahí nomás sacó el cuchillo. Yo siempre tengo el arma a mano, por las dudas ¿vio? Y disparé nomás, con estos no hay otra solución.
Los vecinos miraban con fascinación y horror el minúsculo atado de trapos que sangraba en la vereda y ni siquiera la sirena de la policía los apartó. Continuaron allí mucho después que la ambulancia se llevara el cadáver, escuchando con gravedad la historia contada una y otra vez por el verdulero que en ningún momento abandonó el arma. La pasaba de mano en mano mientras hablaba sin parar.
Nadie sabía el nombre del niño aunque muchos decían haberlo visto por el barrio, tampoco hubo el menor gesto de piedad. Cada uno de los oyentes del verdulero se preparó para una situación semejante y comenzaron a limpiar mentalmente sus armas.
27/8/07
Ana Neirotti
EL SUEGRO
No estuvo bien. El alivio que la desaparición del suegro le generó no alcanzaba para tranquilizarla. La nuera le daba vueltas al asunto con algo de remordimiento pero sabiendo que la presencia del viejo la exasperó más allá de lo razonable y el odio por el intruso no hizo más que crecer durante el tiempo que duró su permanencia en la casa. Vivió todo ese período con la sospecha de que jamás iba a marcharse y, para colmo, no hacía más que demandar con su presencia derechos que suponía le correspondían nada más que por estar ahí, como si alguien lo hubiera invitado alguna vez.
Nadie lo invitó, la mujer se acordaba bien de aquel primer día, de la mañana luminosa de invierno que lo trajo, depositándolo en el umbral como la resaca aguachenta que queda en la vereda cuando se derrite la helada.
-Soy el padre... –murmuró el húmedo parásito y la miró sin levantar la cabeza, alzando sólo los ojos para que parecieran piadosos. Ella vaciló cuando un relámpago premonitorio la cegó por un instante, y después no tuvo valor para cerrarle la puerta en la cara. Se apartó para dejarlo pasar y el viejo entró como si conociera la casa. Sin abandonar el bolso sucio que sostenía en su mano, se dirigió a la habitación donde agonizaba su marido.
Ella se rezagó a propósito porque la escena le resultaba bochornosa. Ningún consuelo podría brindar ese viejo andrajoso a su hijo, al cual abandonó cuando tenía diez años y, según se cansó de repetir el marido, no quería verlo nunca más.
Se entretuvo en la cocina tratando de serenarse. Sin embargo, guardaba silencio tratando de escuchar; no quería ver pero atisbaba los sonidos que provenían de la habitación. Murmullos apenas, donde su imaginación ponía las palabras que no escuchaba y, de pronto, nada. Los minutos pasaban. Comenzó a sentirse ridícula escondida en la cocina. Se quitó el delantal que se puso en cuanto entró, como si fuera un escudo y volvió a la habitación de su marido.
El viejo estaba sentado a los pies de la cama mirando absorto a su hijo muerto. La mujer se quedó largo rato en le umbral sin atreverse a entrar.
Luego, mientras lloraba con desesperación, lo increpó: -Usted lo mató. No ahora sino cuando tenía diez años y se mandó a mudar dejándolo en manos de su madre, tan loca que raramente lo reconocía. ¿Para que volvió? ¿Porque no podía perderse el final?
El viejo no contestó y las lágrimas corrieron por sus mejillas ásperas llevándose en parte la mugre acumulada en las arrugas.
La ambulancia se llevó al marido pero el viejo se quedó, atrincherado en su tardío dolor de padre y se instaló en la casa como si esa fuera la jubilación que merecía.
Ocupó un cuartito del fondo abrazando su bolso y sollozando en cuanto lo miraban, como para evitar cualquier pregunta.
Tratando de demostrar su deseo de pasar desapercibido nunca aparecía a la hora de las comidas pero se las arreglaba para asaltar la heladera en cuanto se apagaban la luces.
La situación se prolongó durante meses y la viuda no sabía qué hacer. A veces le daba pena pero, cuando veía las huellas de sus manos sucias en la heladera, tenía ganas de matarlo.
Era imposible hablar con él porque contestaba con murmullos incomprensibles y rara vez la miraba cuando lo hacía. Se limitó a darle órdenes simples como "báñese o cámbiese la camisa” y el viejo obedecía sin chistar.
Notó que comía de todo menos la carne de cerdo y, como el viejo no demostró pertenecer a ninguna religión, supuso que sería alérgico o algo parecido. Archivó el dato en algún lugar de su memoria y siguió pensando en cómo lograr que el viejo se fuera de su casa de una vez.
Para Navidad fue a cenar a la casa sus hijos. Pasó allí la noche y, por la mañana, trajo consigo restos de la abundante cena navideña; guardó en la heladera postres, empanadas y una buena porción del pastel hecho por su consuegra; todos consideraban que era delicioso: una mezcla levemente dulzona de carne de vaca y de cerdo, muy bien adobado y envuelto en una masa liviana y crocante.
El viejo esperó, como siempre, la llegada de la noche y, quizá porque era Navidad, abandonó su cautela habitual y se llevó todo el pastel y la mayor parte de los postres.
Por la mañana la mujer lamentó la desaparición del pastel pero como la cena en lo de sus hijos le resultó levemente indigesta no se enojó demasiado. El día pasó sin que el viejo asomara la nariz pero como eso ya había ocurrido otras veces, no se preocupó.
Al otro día notó que nadie había tocado la heladera y, parada ahí con la puerta abierta, recordó de golpe la sospecha de que su suegro no comía cerdo porque le hacía mal.
Corrió hacía el cuarto del fondo y abrió la puerta sin llamar.
Sobre la cama deshecha estaba el cuerpo del viejo, hinchado, quieto, y absolutamente muerto.
Fin
21/07/05
Nadie lo invitó, la mujer se acordaba bien de aquel primer día, de la mañana luminosa de invierno que lo trajo, depositándolo en el umbral como la resaca aguachenta que queda en la vereda cuando se derrite la helada.
-Soy el padre... –murmuró el húmedo parásito y la miró sin levantar la cabeza, alzando sólo los ojos para que parecieran piadosos. Ella vaciló cuando un relámpago premonitorio la cegó por un instante, y después no tuvo valor para cerrarle la puerta en la cara. Se apartó para dejarlo pasar y el viejo entró como si conociera la casa. Sin abandonar el bolso sucio que sostenía en su mano, se dirigió a la habitación donde agonizaba su marido.
Ella se rezagó a propósito porque la escena le resultaba bochornosa. Ningún consuelo podría brindar ese viejo andrajoso a su hijo, al cual abandonó cuando tenía diez años y, según se cansó de repetir el marido, no quería verlo nunca más.
Se entretuvo en la cocina tratando de serenarse. Sin embargo, guardaba silencio tratando de escuchar; no quería ver pero atisbaba los sonidos que provenían de la habitación. Murmullos apenas, donde su imaginación ponía las palabras que no escuchaba y, de pronto, nada. Los minutos pasaban. Comenzó a sentirse ridícula escondida en la cocina. Se quitó el delantal que se puso en cuanto entró, como si fuera un escudo y volvió a la habitación de su marido.
El viejo estaba sentado a los pies de la cama mirando absorto a su hijo muerto. La mujer se quedó largo rato en le umbral sin atreverse a entrar.
Luego, mientras lloraba con desesperación, lo increpó: -Usted lo mató. No ahora sino cuando tenía diez años y se mandó a mudar dejándolo en manos de su madre, tan loca que raramente lo reconocía. ¿Para que volvió? ¿Porque no podía perderse el final?
El viejo no contestó y las lágrimas corrieron por sus mejillas ásperas llevándose en parte la mugre acumulada en las arrugas.
La ambulancia se llevó al marido pero el viejo se quedó, atrincherado en su tardío dolor de padre y se instaló en la casa como si esa fuera la jubilación que merecía.
Ocupó un cuartito del fondo abrazando su bolso y sollozando en cuanto lo miraban, como para evitar cualquier pregunta.
Tratando de demostrar su deseo de pasar desapercibido nunca aparecía a la hora de las comidas pero se las arreglaba para asaltar la heladera en cuanto se apagaban la luces.
La situación se prolongó durante meses y la viuda no sabía qué hacer. A veces le daba pena pero, cuando veía las huellas de sus manos sucias en la heladera, tenía ganas de matarlo.
Era imposible hablar con él porque contestaba con murmullos incomprensibles y rara vez la miraba cuando lo hacía. Se limitó a darle órdenes simples como "báñese o cámbiese la camisa” y el viejo obedecía sin chistar.
Notó que comía de todo menos la carne de cerdo y, como el viejo no demostró pertenecer a ninguna religión, supuso que sería alérgico o algo parecido. Archivó el dato en algún lugar de su memoria y siguió pensando en cómo lograr que el viejo se fuera de su casa de una vez.
Para Navidad fue a cenar a la casa sus hijos. Pasó allí la noche y, por la mañana, trajo consigo restos de la abundante cena navideña; guardó en la heladera postres, empanadas y una buena porción del pastel hecho por su consuegra; todos consideraban que era delicioso: una mezcla levemente dulzona de carne de vaca y de cerdo, muy bien adobado y envuelto en una masa liviana y crocante.
El viejo esperó, como siempre, la llegada de la noche y, quizá porque era Navidad, abandonó su cautela habitual y se llevó todo el pastel y la mayor parte de los postres.
Por la mañana la mujer lamentó la desaparición del pastel pero como la cena en lo de sus hijos le resultó levemente indigesta no se enojó demasiado. El día pasó sin que el viejo asomara la nariz pero como eso ya había ocurrido otras veces, no se preocupó.
Al otro día notó que nadie había tocado la heladera y, parada ahí con la puerta abierta, recordó de golpe la sospecha de que su suegro no comía cerdo porque le hacía mal.
Corrió hacía el cuarto del fondo y abrió la puerta sin llamar.
Sobre la cama deshecha estaba el cuerpo del viejo, hinchado, quieto, y absolutamente muerto.
Fin
21/07/05
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